Estoy seguro de que, en algún momento u otro, de alguna u otra manera, todos aquellos que ya llevamos unos cuantos años navegando por este apasionante universo que son los videojuegos, hemos entrado en contacto con la saga Mega Man, para la que pocas palabras de presentación son necesarias. El androide azul más célebre de la historia de los videojuegos ha protagonizado no pocas aventuras, para prácticamente todos los sistemas existentes a partir de su nacimiento en la vieja y querida NES, donde dejó nada menos que seis títulos, a cada cual más renombrado y pulido. La evolución de la serie ha ido en un ascenso imparable con el paso del tiempo, y cada nuevo juego superaba al anterior en términos de gráficos, planteamiento, añadidos y jugabilidad, existiendo un verdadero abismo entre el primero de todos y la sexta entrega, que cerró la etapa de la 8 bits de Nintendo.
Llegado el año 1993, con la carrera de Super Nintendo en plena ebullición, era el momento de dar un nuevo paso hacia adelante, pero sorprendentemente para muchos, no sería a través de la saga principal (aunque posteriormente sí tendríamos aquí un séptimo Mega Man, de la serie canónica), sino por medio de una nueva serie de aventuras protagonizada por su sustituto, el fastuoso X. Esta primera sub-saga (de las tantas que surgirían con el tiempo, incluyendo spin-off varios) cobraba vida casi al mismo tiempo que lo hacía la última y tardía entrega para la Nintendo, y supuso un salto en todo lo visto, escuchado y jugado hasta el momento realmente bestial, situando, en particular a esta primera entrega, en varias listas de los mejores videojuegos de la historia, donde todavía permanece. Y no es para menos. Cualquiera que haya probado las mieles que nos ofrece este Mega Man X podrá corroborar sobradamente dicho estatus.
